lunes, 28 de diciembre de 2015

Capítulo XLIII: Sobre dos patas




Capítulo XLIII 
Sobre dos patas

 

 Al fin culmina la misión que me autoimpuse al crear este blog hace ya más de dos años, y que no era otra que la de intentar resumir toda la cadena de eventos que ha conducido a nosotros a partir del mismísimo Big Bang. Muchas cosas increíbles han ido pasando por aquí: las grandes carambolas cósmicas que dieron lugar a la aparición de nuestro planeta, las catástrofes que se abatieron sobre él, las inverosímiles criaturas que surgieron en sucesivas oleadas y fueron sobreviviendo sobre su superficie con más o menos éxito y… finalmente nosotros. Tal vez seamos el acontecimiento más asombroso del universo, en la medida en que ignoramos si somos o no la única especie inteligente que existe en el cosmos (véase el capítulo 15 para saber más sobre esta interesante cuestión). Así pues es momento de poner punto y final a este blog relatando la trepidante historia de nuestros orígenes.

 Se han vertido ríos de tinta acerca del origen del ser humano, y más que se verterán, así que tal vez parezca un poco pretencioso que un lego en la materia como yo pretenda finiquitar este tema en unos pocos párrafos. Nada más lejos de la realidad, el misterio sobre nuestra aparición está lejos de ser resuelto; yo simplemente quiero regalarle al lector un breve resumen acerca de lo que se sabe y lo que se desconoce en relación con este tema. Aclarado esto, lancémonos al pasado en busca de nosotros mismos.

 Hace 55 millones de años, en el corazón las selvas tropicales africanas, evolucionó un grupo de pequeños mamíferos adaptados a la vida en los árboles. Se trataba de los promisimios, el primitivo comienzo de nuestro linaje. Eran criaturas por lo general nocturnas, dotadas de grandes ojos para ver en la oscuridad, largas colas para mantener el equilibro al deambular de rama en rama, y cuerpos pequeños y ágiles para escapar de los depredadores. Hoy en día los lémures son los principales representantes de este tipo de animales, aunque también están las familias de los tarseros y los gálagos.

 
Lémur. Nativo de Madagascar, donde viven hasta 100 especies distintas de estos animales, se desenvuelve bien tanto en tierra como en los árboles. Fuente.
  
Tarsero. Sus siniestros ojos delatan sus hábitos nocturnos, así como sus largos dedos de ladrón, en realidad de trepador de ramas. Vive en el sudeste asiático y es muy raro de ver, aunque el siempre te ve a tí. Fuente.




Gálago. Es la versión africana del tarsero. Parece que el ejemplar de la foto acaba de recibir una noticia bastante inesperada. Fuente.


 Hace cosa así de unos 35 millones de años hicieron su aparición los simios. Eran más grandes, habían perdido su capacidad para ver en medio de la noche y su cerebro estaba más desarrollado que el de los prosimios. Los primeros simios en aparecer fueron los monos, que generalmente se dividen en dos grupos, los que viven en el Viejo Mundo y los que colonizaron el Nuevo Mundo.

Tití de pincel blanco, un mono del Nuevo Mundo. Fuente.

 
Un macaco, un mono del Viejo Mundo, haciéndose un "selfie". Fuente.

 Unos 5-10 millones de años después (hace 30-25 m.d.a.) surgen los grandes simios, técnicamente conocidos como homínidos. Se trata de la rama evolutiva que daría lugar a los orangutanes, gorilas, bonobos, chimpancés y finalmente a los primeros homininos (un tipo especial de homínidos bípedos; hoy día nosotros somos sus únicos representantes). El tamaño aumenta, el pecho es recto, se pierde la cola, las manos se vuelven ágiles y los brazos son más fornidos y largos. Otra característica a nombrar es que las crías nacen casi siempre de una en una y requieren muchos cuidados.

 
Gigantopithecus, el simio más grande que ha existido, pertenecía a los homínidos o grandes simios, en este caso muy grandes. Fuente.


Un gigantopithecus posa junto con un viajero del tiempo al que ha tomado como prisionero (ignoramos con que perturbados fines, se nota que el hombre está aún en estado de shock). Con 3 metros de alto y un peso que podía ascender hasta la media tonelada, este gigante era no obstante vegetariano, alimentándose del bambú que abundaba en el lejano oriente, en donde vivió desde hace un millón hasta hace tan solo 100.000 años. Fuente.


 Por si el lector se ha liado entre prosimios, simios y grandes simios (por no hablar de homínidos y homininos), un buen esquema nunca viene mal para aclararse las ideas.


Fuente. (dentro de los pequeños simios, entiendo que se refiere a los gibones)
(no confunda el lector a los homínidos [grandes simios] con los homininos [proto-humanos])

 
 Como bien aparece en el esquema, nuestros antepasados homininos se separaron del linaje de los chimpancés, nuestros parientes más próximos, hace unos 8 o 6 millones de años.  Es a partir de este punto cuando nuestra historia empieza a volverse más interesante.



 Los homininos es la "subtribu" evolutiva a la que pertenecemos, pero… ¿en qué se diferencian de los grandes simios? ¿Qué hace homininos a los homininos? Repasemos el listado principal que nos define:



1) Somos bípedos. Esta fue curiosamente la primera característica en aparecer, y lo hizo como adaptación a la vida en espacios abiertos cuando un cambio climático barrió del mapa a gran parte de los bosques del este de África, sustituyéndolos por sabanas y dejándonos literalmente con el culo al aire. Ello requirió una reestructuración completa de nuestros cuerpos, aunque tuvimos como ayuda parte de la herencia que nos legaron los grandes simios. Ellos se desplazan de rama en rama gracias a un método denominado “braquiación”, es decir, el balanceo del cuerpo de un lado a otro mientras se suspende de los brazos (imagine el lector a un chimpancé moviéndose por entre las copas de los árboles). Los primeros homininos solo tuvieron que reciclar el mecanismo de la braquiación pasándolo de los brazos a las piernas. Aún hoy los humanos nos balanceamos ligeramente de un lado a otro mientras andamos. Ser bípedos no solo nos permitió ganar un campo de visión más amplio y desplazarnos con mayor eficacia en terreno abierto, además liberó a nuestros brazos para realizar otras funciones, algo que tendría consecuencias inesperadas cuando empezáramos a trastear con los objetos que nos rodeaban.



2) Carecemos de pelaje corporal. Citando al arqueólogo británico Desmond Morris, los seres humanos somos “monos desnudos” (a pesar de que algunos pocos individuos de nuestra especie se empeñen en desafiar esta definición y en atrancar el sumidero de la ducha a base de pelos). Y esto, de nuevo, es otra adaptación. Carecer de un espeso pelambre nos permite sudar y regular eficazmente nuestra temperatura corporal, siendo de hecho los únicos primates que contamos con glándulas sudoríparas. Gracias a ello, podemos adaptarnos a un amplio rango de condiciones climáticas, sobre todo al calor africano. La ausencia de pelo se ha visto compensada gracias a una fuerte pigmentación de la piel en aquellos casos en los que ha sido necesario. Estando continuamente expuestos al tórrido sol de la sabana africana, nuestros antepasados homínidos debían de ser bastante morenos, por no decir totalmente negros.



3) Tenemos grandes cabezas provistas de grandes cerebros. Esto, además de una obvia ventaja, también es un problema. Ser bípedos nos obliga a tener caderas estrechas, lo cual supone un marcado límite al tamaño del feto durante el parto. Este es el motivo por el cual nuestras mujeres dan a luz a bebes extraordinariamente poco desarrollados y totalmente dependientes. La cabeza de un ser humano recién nacido tiene solo una cuarta parte del tamaño que llegará a alcanzar en el estado adulto, y aún así los huesos del cráneo tienen que estar todavía sin soldar para poderse deformar y pasar a través del útero. Además, dar a luz a crías muy inmaduras obliga a desarrollar un complejo entramado social que permita cuidarlas y alimentarlas. Y esta es una característica que compartimos con los simios, pero que en nosotros se ha llevado hasta su grado más extremo en nuestro caso. Tener un cerebro grande requiere además de un enorme aporte de energía; se estima que nuestros cerebros son los responsables del 20% de nuestro gasto energético diario, constituyendo tan solo un 2% de nuestra masa. Esto se pudo lograr gracias al siguiente gran punto.



4) Somos omnívoros. Los homininos solo pudieron alcanzar su máximo potencial cuando tuvieron acceso a todas las fuentes de alimentos de las que pudieron echar mano, esto es, cuando pudieron incorporar la carne a su menú antaño solo vegetariano. Esto requirió ciertos cambios en nuestro sistema digestivo, aparte de en nuestra dentición. Los chimpancés, que solo muy ocasionalmente comen carne, únicamente pueden abrir y cerrar su mandíbula, mientras que nosotros podemos moverla hacia los lados, algo que nos permite masticar todo tipo de cosas incluyendo carne (carecemos de grandes colmillos precisamente para permitir dicho movimiento lateral). Por mucho que le pese a los vegetarianos más acérrimos, los homininos evolucionamos para ser omnívoros, y si estamos aquí hoy en día es gracias a eso. 



5)  Carecemos de periodo de celo. Gracias a esto podemos tener sexo con fines reproductores en cualquier momento, y de este modo acortar el periodo entre nacimientos. Después de haber visto lo difícil que es dar a luz a un bebe humano, esta fue una estrategia evolutiva básica de supervivencia, algo por lo cual las mujeres humanas fértiles deben de pagar el precio que ellas conocen una vez al mes.
  



6) Fabricamos herramientas e igualmente contamos con un lenguaje y una cultura. Como tal vez sepa el lector, los chimpancés también emplean rudimentarias aunque variadas herramientas, y distintos grupos de ellos las utilizan de diferente manera, con lo cual también podemos afirmar que poseen múltiples culturas regionales. Respecto del lenguaje, los cetáceos por ejemplo tienen el suyo propio, y bien complejo por cierto. Sin embargo, debe de admitirse que ningún otro animal ha llevado la tecnología, el lenguaje y la cultura tan lejos como nosotros. Como se verá, no fueron los homininos individuales los que sobrevivieron, sino grupos de ellos bien cohesionados y organizamos. Frente al potencial aniquilador de la naturaleza, la unión hace la fuerza.



 Provistos con estas herramientas (en distinto grado y proporción dependiendo de las sucesivas especies que fueron apareciendo), los primeros homininos se lanzaron a la peligrosa aventura de la supervivencia. Claro que… ¿Cuál de todas las anteriores características apareció primero? ¿Y por qué? ¿Fue la necesidad de tener unas complejas relaciones sociales las que potenciaron la inteligencia y luego esta se aprovechó de disponer de unas manos libres para desarrollar la tecnología que nos otorgó el dominio sobre el mundo? ¿O fue al revés? ¿O se entrecruzaron muchos más factores simultáneamente? Probablemente nunca lo sabremos con total certeza.  Parafraseando al arqueólogo Fernando Diez Martin, “el camino que desembocó en lo que somos los humanos actuales es una compleja red de causas y efectos: unos rasgos produjeron otros y todos ellos se favorecieron entre sí”. En otras palabras, una madeja casi imposible de desenmarañar. Sin embargo el registro fósil nos arroja algunas pistas. Sigámoslas y visitemos a nuestros antepasados homininos, a ver que historia pueden contarnos.

 La frontera que separa a los homínidos o grandes simios de los primeros homininos es muy borrosa, y cada nuevo descubrimiento que se hace parece difuminarla un poco más. Un ejemplo de ello es Ardipithecus ramidus. Sus primeros fósiles empiezan a aparecer hace 5,6 millones de años y se extienden hasta hace 4. Ardipithecus presenta una mezcla muy curiosa de características. Su cerebro es aproximadamente equiparable al de un chimpancé, pero su dentadura es más moderna, indicando una alimentación omnívora y no mostrando dimorfismo sexual. Conocemos como dimorfismo sexual a la diferencia entre machos y hembras que hay en algunas especies. Los chimpancés macho, por ejemplo, poseen unos grandes colmillos de los cuales las hembras carecen. Que Ardipithecus no muestre estas diferencias morfológicas entre géneros apunta a un sistema social más cooperativo y no netamente patriarcal, lo cual lo acerca a nosotros. Además, lo poco que hemos encontrado de su esqueleto nos dice que podía caminar sobre dos patas, aunque de modo torpe y no demasiada distancia, las ramas de los árboles eran todavía su ambiente preferido.

Ardipithecus rámidus. Era un hominino pequeño, de no más de 1,5 metros de alzada y unos 50 kilos de peso. Fuente.
 
Cráneo de Ardipithecus. Fuente.

 


 Sin embargo son los australopitecos quienes más luz arrojan sobre los comienzos de la andadura de los homininos y quienes supusieron un hito decisivo en nuestra historia evolutiva. Los australopitecos fueron los primeros en enfrentarse a la vida en la sabana, aunque aún contaban con la cobertura de bosques dispersos, así que probablemente siempre tuvieran un árbol a mano por si las cosas se ponían feas. Es por esto que sus brazos eran más largos que los nuestros, sin embargo el resto de sus proporciones eran sorprendentemente modernas. Los australopitecos eran plenamente bípedos, no tenían el menor problema en caminar erguidos sobre sus dos patas del mismo modo que lo hacemos nosotros. Además, su dentadura no se diferencia demasiado de la nuestra. Todos estos rasgos modernos contrastan con sus primitivos cerebros de unos 550 centímetros cúbicos, solo un poco más grandes que los de los chimpancés y un 35% más reducidos que los nuestros (cuya media es de unos 1450 c.c.). Rasgos anatómicamente similares a los nuestros pero cerebros de chimpancé, una combinación que sin duda desconcertó a los paleontólogos, pues esperaban encontrar justo lo contrario (siguiendo el desacreditado mito del eslabón perdido). Queda claro que, simplificando enormemente las cosas, "primero fue el cuerpo y luego la mente". También hay evidencias indirectas de que los austrolopitecus consumían ocasionalmente carne, aunque su dieta era todavía eminentemente vegetariana. No obstante no hay pruebas de que usasen herramientas para cortar carne como harían los humanos posteriormente (véase este enlace para saber más sobre esta cuestión). 


 Reconstrucción de Lucy, una hembra de Austrolopitecus afarensis, cuyos restos excepcionales nos mostraron por primera vez el esqueleto de estos sorprendentes homininos. Al igual que Ardipithecus, no sobrepasaba en ningún caso el medio metro de alto. Fuente.
Restos de Lucy. Estos huesos permitieron completar los datos que hasta entonces se limitaban a unos pocos cráneos y permirnos reconstruir el cuerpo de estos seres. Fuente.

 
Reconstrucción del cráneo de un Austrolopithecus afarensis. Fuente.

 
 Los austrolopitecos sobrevivieron hasta hace 2 millones de años, se dividieron que sepamos en 7 especies distintas y... evolucionaron. Los parantropos fueron un ejemplo de ello. 

 Los parantropos eran muy parecidos a sus antecesores austrolopitecos (tanto que en un principio se los consideró como parte del mismo género), sin embargo ellos se especializaron en comer vegetales duros, para lo cual desarrollaron unas muy poderosas mandíbulas, de hecho a uno de los individuos fósiles que se descubrieron los científicos lo llamaron "el cascanueces". 
 


Cráneo de "el Cascanueces" (nutcracker man), el famoso ejemplar de Paranthropus boisei. Fuente.

 
Paranthropus boisei. Fuente.

 La línea evolutiva de los parantropos resultó ser un callejón sin salida. Como siempre ocurre con las especializaciones extremas, suelen ser muy poco versátiles, todo un peligro cuando se vive en un ecosistema siempre cambiante. Sin embargo los parantropos no fueron los únicos descendientes de los austrolopitecos. Hubo otros homininos que optaron evolutivamente por desarrollar más sus cerebros. Hablamos naturalmente del género homo, los humanos. Más eso mejor lo dejamos para el siguiente y último capítulo.



Bibliografía: 


- Breve historia del Homo Sapiens, Fernando Diez Martín, editorial Nowtilus. 

- La especie elegida, Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez, editorial Temas de Hoy.



 








 

No hay comentarios:

Publicar un comentario